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01 · Cambios culturales

La recuperación le enseñó a responder al hambre. Ahora todos a su alrededor celebran silenciarla

Psychology Today2 min de lectura

Una profesional en recuperación de un trastorno alimentario describe qué pasa cuando cada conversación trata de comer menos y acallar el apetito, en una cultura que empezó a llamarlo éxito.

Imagen de portada de Psychology Today para el ensayo de una profesional sobre la recuperación de trastornos alimentarios en la era de los GLP-1.
Fuente: Psychology Today

La escena es ordinaria: una cena de cumpleaños que se planea en un chat de grupo. Una amiga dice que probablemente no comerá mucho ahora que está en Zepbound. Otra quiere un lugar con opciones más ligeras porque empezó Wegovy. Alguien bromea con que todas pueden compartir un aperitivo. Para la autora, una profesional que ha trabajado años para poder sentarse a comer un plato completo y disfrutarlo, el chat es una pequeña crisis. Un par de amigas conocen su historia. Bajo la irritación y el dolor, nota una voz que ya casi no escucha: su voz del trastorno alimentario, de vuelta por un momento, con un dejo de envidia y el pensamiento de que no es justo.

La recuperación, como ella la describe, se construye sobre lo contrario de lo que el chat celebra. Gran parte consiste en aprender a notar incluso las señales sutiles del hambre y comer en respuesta, algo que puede tomar años después de que una persona ha aprendido a ignorar o desconfiar de su cuerpo. Las personas que toman los medicamentos hablan de pensar menos en la comida, olvidar comidas, sentirse llenas tras unos bocados, y lo discuten con alivio y a veces con orgullo. Para alguien en recuperación, eso suena muy parecido a cómo ella describía antes su enfermedad, y que una amiga hable del hambre como un problema que un medicamento resolvió puede reabrir la duda: si responder al hambre es de verdad lo correcto, o siquiera necesario.

La fricción más aguda es sobre el lenguaje. La idea popular del “ruido de la comida” es, en el campo de los trastornos alimentarios en el que ella trabaja, un fenómeno conocido: estar consumida por pensamientos sobre la comida es una respuesta natural a la privación, documentada desde el Experimento de Inanición de Minnesota de los años 40, y etiquetar la comida como mala o prohibida lo alimenta. Llamar a esos pensamientos ruido que hay que silenciar repite lo que el trastorno siempre afirmó: que querer comida es el problema y acallar el deseo es la cura. Para ella, que el apetito de una amiga se haya calmado no significa que su propia hambre que vuelve sea un fracaso. Lo que le queda por defender, en una mesa ordinaria, es el terreno que ya ganó: querer comida otra vez, y responder a eso.

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