El hereje en Columbia
Gershon, un joven neurocientífico de la Universidad de Columbia, estudiaba cómo las células nerviosas transmitían señales. Empezó a mirar la red neural en la pared del intestino. Lo que encontró parecía imposible. Cientos de millones de neuronas. Una malla de conexiones lo bastante densa como para rivalizar con la médula espinal. Un sistema de control local con circuitos reflejos que podía coordinar la digestión de forma semiindependiente, aunque seguía modulado por el cerebro y el sistema nervioso autónomo.
Sus colegas eran escépticos. El escepticismo no era educado. Cuando Gershon presentaba sus hallazgos en congresos, neurocientíficos veteranos descartaban el trabajo de plano. El intestino no era un cerebro. No podía pensar. No podía decidir. Recibía órdenes.
Pero Gershon tenía datos. Tenía muestras de tejido. Tenía redes de células neurales mandándose señales unas a otras dentro de la pared del intestino, coordinando reflejos locales y procesando información. La idea no era que el intestino duplicara el sistema nervioso central. Era que el control digestivo incluía una red neural real dentro de la pared intestinal.
La resistencia formaba parte de una suposición más grande. Si el cerebro era el centro de mando, entonces el intestino solo podía ser un punto final. El trabajo de Gershon con tejido sugería algo más difícil: el tracto digestivo procesaba información localmente antes de que el cerebro siquiera entrara en la conversación.
